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El proceso artesanal del jamón ibérico: de la dehesa a tu mesa

27/04/2026
Descubre el proceso artesanal del jamón ibérico: desde la dehesa hasta tu mesa, pasando por la montanera, el sazonado y años de curación natural.
El jamón ibérico de bellota es mucho más que un producto gastronómico; es el resultado de una tradición milenaria que combina la sabiduría ancestral con la paciencia del tiempo. Cada pieza que llega a nuestra mesa encierra años de trabajo meticuloso, desde los pastos de la dehesa hasta el momento en que el maestro jamonero realiza el corte final. Conocer este proceso artesanal nos permite valorar aún más cada loncha de este manjar único en el mundo.

La Dehesa: El Origen de Todo

El viaje del jamón ibérico comienza en la dehesa, un ecosistema único de la Península Ibérica declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Estos extensos paisajes de encinas, alcornoques y pastos son el hogar del cerdo ibérico, una raza autóctona que ha habitado estas tierras durante siglos. Durante la montanera, el período que va de octubre a marzo, los cerdos se alimentan exclusivamente de bellotas y hierbas silvestres, recorriendo kilómetros diarios en busca de este fruto que les proporciona hasta 12 kilos diarios.
Esta dieta natural es fundamental para el desarrollo de las características que distinguen al jamón ibérico de bellota. Las bellotas aportan un alto contenido en ácido oleico, el mismo ácido graso monoinsaturado presente en el aceite de oliva, que se infiltra en el músculo creando las vetas blancas características que dan nombre a la "pata negra". Además, el ejercicio constante que realizan los animales favorece la distribución de la grasa intramuscular, garantizando una textura jugosa y un sabor inconfundible.

La Matanza y la Sala de Despiece

Una vez alcanzado el peso óptimo, generalmente entre 160 y 180 kilos, llega el momento de la matanza, que tradicionalmente se realizaba en invierno para aprovechar las bajas temperaturas naturales. Hoy en día, este proceso se lleva a cabo en instalaciones autorizadas donde se garantiza el bienestar animal y la máxima higiene.
Tras la sacrificación, las piezas se trasladan a la sala de despiece, donde expertos carniceros separan las patas traseras para obtener el jamón, y las patas delanteras para la paletilla. Cada pieza se desangra cuidadosamente y se somete a un proceso de limpieza exhaustivo. Es en este momento cuando se realiza el primer sazonado, una técnica ancestral que consiste en cubrir la pieza con sal marina de manera uniforme.

El Sazonado: El Arte de la Sal

El sazonado es una de las etapas más críticas y delicadas del proceso. El maestro jamonero debe calcular con precisión la cantidad de sal necesaria y el tiempo de exposición, factores que dependen del peso de la pieza y de las condiciones climáticas. Una cantidad excesiva de sal puede arruinar el jamón, mientras que una cantidad insuficiente compromete su conservación.
Tradicionalmente, las piezas se colocaban en toneles o pilas de madera donde se cubrían completamente con sal. El proceso duraba aproximadamente un día por kilo de peso, aunque hoy en día se han perfeccionado estas técnicas. Durante esta fase, la sal extrae el agua del tejido muscular, iniciando el proceso de conservación y desarrollando los primeros matices de sabor.

El Lavado y el Asentamiento

Transcurrido el tiempo de sazonado, las piezas se lavan con agua fría para eliminar el exceso de sal superficial. Posteriormente, se dejan reposar en cámaras frías durante un período que oscila entre los 30 y 60 días. Este proceso, conocido como asentamiento, permite que la sal se distribuya uniformemente por toda la pieza y que los sabores comiencen a equilibrarse.
Durante esta fase, el jamón adquiere su color característico y la textura de la carne comienza a transformarse. La temperatura controlada y la humedad relativa son factores determinantes que el maestro jamonero vigila constantemente.

El Secado y la Maduración

El secado es el período más largo del proceso y aquel que define la personalidad definitiva del jamón. Las piezas se trasladan a secaderos naturales, donde permanecen durante meses expuestas a las variaciones climáticas de la zona. El calor del verano y el frío del invierno provocan cambios en la textura y el sabor que no se pueden replicar de forma artificial.
Durante esta etapa, que puede extenderse entre 12 y 36 meses, se producen las transformaciones bioquímicas más importantes. Las proteínas se descomponen en aminoácidos, generando los aromas y sabores complejos que distinguen al jamón ibérico de bellota. La grasa se oxida parcialmente, desarrollando notas de frutos secos y madera que permanecen en el paladar.

El Ahumado y el Envasado (Opcional)

Algunas variedades de jamón ibérico, especialmente las paletillas, pueden someterse a un ligero ahumado con madera de roble o encina. Este proceso, heredado de tradiciones antiguas, aporta matices adicionales que complementan el sabor natural del producto.
Una vez completada la curación, el jamón se envasa al vacío o se deja en piezas enteras para su venta. Los jamones de mayor calidad, aquellos que han superado los 36 meses de curación, se etiquetan como "Gran Reserva" y representan la excelencia máxima de este arte.

El Corte: La Ceremonia Final

Llegados a este punto, el jamón está listo para ser disfrutado, pero aún queda una etapa crucial: el corte. Un buen maestro jamonero puede obtener hasta 40 porciones diferentes de una sola pata, cada una con características únicas. El corte debe realizarse con cuchillo jamonero siguiendo la fibra de la carne, obteniendo lonchas finas y uniformes que permitan apreciar el brillo de la grasa y el color intenso de la carne.
La temperatura del jamón es fundamental; debe estar a temperatura ambiente para que los aceites se fluidifiquen y liberen todos sus aromas. Un jamón bien cortado puede durar semanas, siempre que se conserve en lugar fresco y seco, protegido de la luz directa.